En un valle azotado por la sequía, los animales designaron a una cabra para que supervisara las labores de socorro. Parecía muy trabajadora, siempre haciendo malabarismos con cuidado, y prometió proteger el suministro de alimentos hasta que llegaran las lluvias.
Los animales confiaron en ella. El burro llevaba los sacos de grano al granero, las gallinas ponían huevos y las vacas proporcionaban leche. La responsabilidad de la cabra era distribuir estos suministros equitativamente entre los animales hambrientos.
Pero el hambre de la cabra era insaciable. Cada noche, caminaba penosamente hasta el granero, comía el grano, bebía la leche y devoraba los huevos. Pronto su barriga se ensanchó, mientras que los demás animales adelgazaban.
Cuando los animales vinieron a buscar su parte, la cabra empezó a poner excusas:
“Las ratas se la robaron”.
“El viento se la llevó”.
“El granero nunca estaba lleno”.
Las dudas crecieron. Un día, el burro lo siguió sigilosamente y sorprendió a la cabra con las manos en la masa limpiándose las manos con los suministros de socorro. El consejo se reunió y el búho pronunció el veredicto: «Un líder que se come los derechos del pueblo no es un líder, sino un ladrón». La cabra fue destituida y los animales juraron no intercambiar jamás sus vidas con alguien que carezca de autocontrol.
Moraleja
Cuando una sociedad confía recursos a un líder, confía en su integridad. Una vez que se rompe esa confianza, es más difícil restaurarla que devolver los bienes perdidos.
El robo de la cabra no solo llenó su estómago, sino que también aumentó el sufrimiento de otros. En la vida real, robar ayuda significa que los débiles sufren una doble carga: primero la miseria y luego el engaño.
La astucia del burro sacó a la luz la verdad. Sin supervisión, la corrupción prospera, y solo la vigilancia puede exponerla.
La ayuda no se trata solo de comida o bienes, se trata de justicia y compasión. Sin integridad, ni siquiera la mayor cantidad de recursos puede acabar con el hambre.
