Asma’i narra, según un árabe, que relató este incidente: Salí de mi aldea pensando en encontrar a la persona más desafortunada y a la más afortunada de todas. Busqué de aldea en aldea, de pueblo en pueblo, buscando a la persona desafortunada y a la afortunada. Al pasar por una aldea, vi a un anciano con una soga atada al cuello y un gran cubo colgando de ella. Detrás de él, un joven tiraba de la soga mientras lo azotaba con un látigo.
Le dije al joven: “¿No temes a Dios Todopoderoso por este anciano débil? Ya tiene una soga y un gran cubo colgando del cuello, lo que lo debilita y lo angustia, ¡y aun así lo golpeas! ¡Qué cruel eres!”.
El joven respondió: “¡Sí! Pero déjame decirte que este es mi padre”.
Le dije: «Si este es tu padre, ruego a Dios Todopoderoso que no te conceda ningún bien. ¿Acaso alguien trata a su propio padre con tanta crueldad?».
El joven respondió: «¡Cállate! (¿Qué sabes tú?) Él también trataba a su padre de la misma manera (como me ves que le hago a él), y luego su padre hacía lo mismo con su abuelo».
Presencié todo esto con mis propios ojos y dije:
Este incidente demuestra que quien trata bien a sus padres es el más afortunado de todos en este mundo. Por el contrario, el más desafortunado es quien los trata mal y los lastima.
