En una gran colonia de hormigas vivía una hormiga siempre dispuesta a ayudar. Si alguien no podía levantar un grano pesado, ella lo hacía. Si un camino estaba roto, ella lo arreglaba. Si alguien estaba triste, ella lo consolaba. Y si el trabajo de alguien quedaba sin terminar, ella lo completaba discretamente.
Con el tiempo, la gente empezó a considerar su bondad no como una virtud, sino como un derecho. Todos estaban convencidos de que ella ayudaría en cualquier situación.
Gradualmente, su fuerza comenzó a disminuir. Sus pasos se volvieron lentos, su cuerpo empezó a cansarse, pero cuando alguien le pedía ayuda, ella simplemente decía:
“Sí, lo haré”.
Entonces, un día, las continuas pequeñas cargas la quebraron por completo. Cayó.
Y lo sorprendente fue que, al principio, nadie la echó de menos.
Pero después de unos días, el sistema de la colonia comenzó a desmoronarse. No había nadie que cargara, los caminos rotos seguían igual y no quedaba nadie para consolar a los afligidos.
Entonces todos se dieron cuenta de que no era solo una hormiga, sino el apoyo silencioso de toda la aldea.
Cuando la encontraron, una hormiga anciana dijo:
“Se fue el mismo día que se dio cuenta de que para ustedes no era un ser vivo, sino solo una solución conveniente”.
Todos preguntaron:
“¿Por qué no nos lo dijo?”
La hormiga anciana respondió:
“Cuando vieron que apenas podía caminar, ¿por qué ninguno de ustedes preguntó cómo estaba?”
