Un rey le preguntó una vez a su ministro más sabio:
“Dime, ¿qué es lo más dulce del mundo y qué es lo más amargo?”
El ministro sonrió y respondió: “¡Oh, mundo! La respuesta a ambas preguntas es la misma: la lengua humana”.
El rey, sorprendido, exclamó: “¿Cómo puede ser dulce y amargo a la vez?”
El ministro explicó:
* Cuando las palabras dulces brotan de la lengua, dichas con gentileza y respeto, sanan incluso las heridas más profundas del mundo y hacen que hasta los extraños se sientan como en casa.
* Pero cuando esa misma lengua pronuncia palabras amargas, expresando ira y odio, rompe los lazos y causa una herida en el corazón que jamás cicatriza.
Lección:
Nuestras palabras definen nuestra personalidad. La flecha del arco y la palabra de la lengua nunca regresan, por lo que siempre debemos hablar con reflexión.
