Cuenta la leyenda que un día un águila volaba alto en el cielo cuando, de repente, sus ojos se posaron en un ratón que yacía en el suelo. El ratón revoloteaba cerca de una trampa tendida por un cazador, que contenía un trozo de queso. El águila descendió en picado y le dijo al ratón: «¡Ignorante! ¿No ves que esto es una trampa mortal para ti? Un poco de avaricia puede costarte la vida. Usa tu inteligencia; no todo lo que brilla sirve para algo». El ratón escuchó su consejo y se marchó tranquilamente.
El águila estaba presumiendo de su sabiduría cuando, de repente, sus patas quedaron atrapadas en otra trampa que el cazador había puesto para cazar pájaros. Intentó escapar aleteando, pero la trampa se apretaba cada vez más. El águila, que hacía poco había enseñado sabiduría a otros, ahora era la imagen misma de la impotencia.
Casualmente, el mismo ratón pasó por allí. Al ver al águila atrapada, sonrió y dijo: «¡Es fácil aconsejar a los demás, águila! Pero a veces fíjate en tu trayectoria de vuelo. Te preocupabas por mí, pero no viste la red tendida bajo tus pies».
El ratón comenzó a cortar la red con sus afilados dientes y en un instante el águila quedó libre. El águila se sintió avergonzada; ese día había aprendido una lección de aquella criatura a la que había considerado ignorante hacía unos momentos.
Lección aprendida:
Muchos actuamos como consejeros de la vida de los demás. Les mostramos el camino, les señalamos sus errores y les enseñamos a vivir, pero olvidamos examinar nuestra propia vida. Vemos de inmediato los obstáculos en el camino de los demás, pero no vemos el abismo bajo nuestros propios pies. Recuerda, antes de dirigir a los demás, es necesario dirigirnos a nosotros mismos y hacernos responsables antes de corregir a los demás.


