Fue hace mucho tiempo. Había una vez un ciervo que vivía en un bosque frondoso. No era ni el más fuerte ni el más rápido, pero tenía una cualidad que hacía que todo el bosque lo respetara. Dondequiera que viera un animal débil o indefenso en apuros, no pasaba de largo sin ayudarlo.
Un día, mientras caminaba por un sendero del bosque, de repente oyó un ruido. Al acercarse, vio a unos monos traviesos que sujetaban a un conejito. Uno le tiraba de las orejas, otro de la cola, y otro lo lanzaba de árbol en árbol, riéndose. El pobre conejito temblaba de miedo y anhelaba ser liberado.
El ciervo no vio la escena. Rápidamente se acercó y dijo con voz severa: «¡Qué vergüenza! El que intentan vencer ni siquiera tiene fuerzas para defenderse. El fuerte no es el que hace llorar al débil, sino el que lo protege».
Cuando los monos vieron al ciervo, huyeron riendo. El ciervo, con cariño, recogió al conejo, le curó las heridas y lo dejó ir a un lugar seguro. El conejo, lleno de alegría, tenía lágrimas de gratitud en los ojos, pero no le dirigió la palabra. Desapareció silenciosamente entre los arbustos.
Un viejo águila, posada en un árbol alto, también observaba la escena. La edad había debilitado sus alas, por lo que no podía ayudar al conejo aunque quisiera, pero recordaba la bondad del ciervo.
El tiempo pasó. Las estaciones cambiaron, los años transcurrieron y este incidente se borró de la memoria de todos.
Entonces, un año, hubo lluvias tan intensas que la gran represa construida cerca del bosque se rompió. Un terrible torrente de agua entró con toda su fuerza. Grandes árboles fueron arrancados de raíz, los arbustos fueron arrastrados y los animales comenzaron a correr despavoridos para salvar sus vidas.
El ciervo también corrió a toda velocidad, pero la fuerza del agua era mucho mayor. Una gran ola lo arrastró consigo. Chocó contra una roca y se desmayó. Cuando abrió los ojos, el sol ya había salido. Miró a su alrededor sorprendido. Estaba tendido en una colina muy alta, donde no había ni rastro de agua. No entendía cómo había llegado allí.
En ese instante, una sombra se cernió sobre él.
Levantó la vista y vio un viejo águila posada en silencio frente a él. El agua goteaba de sus alas y respiraba con dificultad, como si acabara de regresar de un viaje muy duro.
El ciervo preguntó sorprendido: “¿Qué… me trajiste aquí?”.
El águila sonrió y respondió: “Sí, cuando el agua te arrastraba, reuní todas mis fuerzas, te tomé con mis garras y te traje aquí”.
Los ojos del ciervo se abrieron de par en par, sorprendido. “Pero… ¿por qué?”.
El águila dijo suavemente: «Hace años, salvaste a un conejito de unos monos crueles. Ese día estaba sentado en un árbol, observándolo todo. No pude ayudarlo, pero tú sí. Ese día me prometí que si alguna vez te metías en problemas, te ayudaría hasta mi último aliento. Hoy, Alá me ha dado esa oportunidad».
El ciervo guardó silencio. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos. Al mirar hacia abajo, vio que todo el bosque estaba sumergido en agua. Estaba convencido de que si seguía vivo ese día, era solo gracias a una bondad que él mismo había olvidado años atrás.
El águila plegó sus alas cansadas, alzó la vista al cielo y voló lentamente, mientras el ciervo la observaba marcharse durante un largo rato.
Moraleja:
La bondad nunca se pierde. Una persona o un animal pueden olvidarla, pero la naturaleza no. A veces, un pequeño acto de bondad regresa años después, cuando las puertas del mundo se han cerrado.
