Érase una vez, muchas ranas vivían en un pozo. Una de ellas era muy fea y espantosa. Sus compañeras se burlaban de ella. Como todos se reían, se enfadó muchísimo.
«¡Míranos! ¡Estás tan enfadado que quieres comernos!», dijo una rana, y todas las demás se echaron a reír. “Los veré a todos”, dijo la rana fea. Entonces todos se burlaron de ella y salieron del pozo en busca de comida. Después de que se fueron, la rana fea empezó a pensar en cómo vengarse. Entonces también salió del pozo. Cuando vio una serpiente frente a ella, la rana le dijo: “¿Quieres ser mi amiga?”. “¿No sabes que la serpiente se come a la rana?”, le preguntó la serpiente. “Lo sé, pero si te haces amigo mío, puedo llevarte a un lugar donde hay muchas ranas”, dijo la rana fea. “Está bien, llévame allí, ¿por qué quieres ser mi amigo?”. “Quiero ser tu amigo porque quiero vengarme de todas esas ranas que siempre se burlan de mí”, le dijo la rana a la serpiente. Cuando la rana le contó a la serpiente, esta respondió: “¡Está bien, amigo! Ven, definitivamente me vengaré de ti”. Así que la rana llevó a la serpiente consigo al pozo. Allí, las otras ranas se asustaron al verlos a ambos. “Eras muy arrogante, todos se burlaban de mí”. Hoy este amigo mío os comerá a todos. En cuanto la rana fea dijo esto, la serpiente devoró a cada rana.
Después, miró con furia a la rana fea que la había llevado al pozo como amiga. Entonces la serpiente le dijo: «Ahora también te comeré a ti».
«Pero somos amigos», dijo la rana fea con miedo.
«Una serpiente no es amiga de nadie, tonta. Ahora tampoco te dejaré en paz». La serpiente sacó su larga lengua y dijo:
«Espera un momento…». Cuando la serpiente asintió, la rana salió del pozo y huyó para salvar su vida. Había decidido que jamás volvería a hacerse amiga de una serpiente, pues la amistad se forja observando la naturaleza.
