Cada año, en un pueblo, se celebraba un concurso de tala de árboles. La sencilla regla era que quien cortara más leña al final del día sería el ganador.
Este año, solo dos personas llegaron a la final. Uno era un leñador viejo y experimentado, y el otro, un joven fuerte.
El joven estaba muy entusiasmado. En cuanto empezó el concurso, se adentró en el bosque y comenzó a cortar leña de inmediato. El leñador viejo se dirigió al otro lado del bosque y comenzó su trabajo con calma.
Durante el concurso, el joven notó que el sonido del leñador viejo cortando leña se interrumpía intermitentemente al otro lado del bosque.
El joven supuso que el leñador viejo descansaba de vez en cuando para recuperarse del cansancio. Aprovechó la oportunidad y comenzó a cortar leña más rápido.
Cuando terminó el concurso, el joven contempló su montón de leña cortada con ojos confiados. Estaba seguro de que ganaría la competencia porque, a diferencia del viejo leñador, no descansaba y seguía cortando leña sin parar.
Cuando se anunció el resultado, se sorprendió al descubrir que el viejo leñador había ganado. Además, parecía menos cansado que el joven.
El joven preguntó asombrado: “¿Cómo es posible? Descansabas a intervalos y aun así ganaste la competencia”.
El viejo respondió con calma: “Sí, solía descansar cada hora, pero no solo descansaba, sino que también afilaba mis herramientas”.
Así pues, la lección aprendida es que a menudo estamos tan ocupados con las tareas de la vida que olvidamos que necesitamos parar un rato, relajarnos y mejorar nuestras habilidades.
