Un príncipe era muy aficionado a vestir ropas hermosas y costosas. Se hacía ropa nueva cada día, se ponía esas prendas caras y luego montaba a caballo, salía a pasear y a cazar.
Un día, el rey lo llamó y le dijo:
«¡Hijo! Eres un príncipe. Deberías vestir ropas que no cualquiera pueda permitirse. Esas ropas tan caras de las que estás tan orgulloso, cualquier persona rica del mundo puede mandarlas a hacer».
El príncipe preguntó sorprendido:
«Entonces, ¿cuál es la ropa que no cualquiera puede tener?».
El rey sonrió y dijo:
«Es la ropa de la bondad, la humildad y la piedad. Las ropas de oro y plata se desgastan en pocos días, pero la ropa de la bondad siempre permanece como nueva. No se rompe, no se ensucia y su brillo nunca se desvanece».
Luego el rey añadió:
«Y la caza que tanto anhelas —ciervos, hienas, leones y leopardos— la pueden practicar muchos. Deberías cazar una presa que no cualquiera pueda».
El príncipe preguntó sorprendido:
“¿Qué caza es esa, Majestad?”
El rey respondió con cariño:
“¡La caza de los corazones de tus súbditos!”
El príncipe miró a su padre en silencio.
El rey dijo:
“Haz justicia a tus súbditos, ayuda a los pobres, apoya a los débiles y trata a la gente con amor. Si te ganas sus corazones, ese será tu verdadero éxito.”
Ese día, el príncipe juró vestir la túnica de la virtud con ropas preciosas y cazar para ganarse los corazones de la gente en lugar de cazar en el bosque.
Lección:
La verdadera belleza no reside en la ropa bonita, sino en el buen carácter, y la mayor caza no es la de animales, sino la de los corazones de los seres humanos.
