Había un gran hotel junto al mar. Los turistas llegaban a diario, comían, bebían y desperdiciaban mucha comida.
Un cuervo vivía cerca del hotel.
Se había vuelto muy gordo y engreído a base de comer gratis. Su cuerpo era pesado, su voz fuerte y su orgullo, desmedido.
Dondequiera que se posara, miraba a los demás cuervos con desprecio y decía:
«¡Ustedes son simples cuervos… yo soy el rey de los pájaros!»
Los pobres cuervos se quedaban callados tras escuchar sus palabras, pues hacía más ruido que argumentos.
Un día, una hermosa pareja de cisnes de tierras lejanas aterrizó en la orilla.
Sus alas brillaban como la plata y una extraña dignidad se reflejaba en sus rostros.
El cuervo se acercó a ellos de inmediato, rígido.
Arqueó el cuello, infló el pecho y dijo:
«¿He oído que ustedes son grandes voladores?»
El viejo cisne sonrió.
“Simplemente volamos según nuestras necesidades.”
El cuervo rió y dijo:
“¿Según las necesidades? ¡Ja, ja! Conozco ciento una maneras de volar.”
“A veces recto, a veces boca abajo, a veces en círculos, a veces haciendo acrobacias, a veces bailando en el aire… ¡Qué saben ustedes del arte de volar!”
El cisne permaneció en silencio.
El cuervo dijo:
“Si te atreves, ¡competye!”
El viejo cisne respondió con dulzura:
“¡Hijo! Las competiciones no son para el ego, sino para poner a prueba tu habilidad.”
Pero ¿cómo podía creerlo el cuervo?
Finalmente, se decidió la competición.
A la mañana siguiente, al amanecer, los dos comenzaron a volar sobre el mar.
En los primeros minutos, el cuervo se convirtió en un verdadero espectáculo.
A veces arriba, a veces abajo.
A veces a la derecha, a veces a la izquierda.
A veces boca abajo, a veces recto.
Cada pocos instantes, le gritaba al cisne:
«¡Mira esto, mi vigésimo octavo vuelo!»
«¡Mira, este es mi trigésimo cuarto vuelo!»
«¡Y este es mi quincuagésimo séptimo vuelo!»
El cisne solo sonrió y voló en línea recta.
Sin alardes, sin ruido.
Solo un vuelo continuo, tranquilo y fuerte.
Pasó el tiempo.
La orilla desapareció de la vista.
Abajo, solo el mar infinito.
El cuervo comenzó a respirar con dificultad.
Sintió que sus alas pesaban.
La oscuridad comenzó a caer ante sus ojos.
Por primera vez, sintió que toda la fuerza que había desperdiciado en sus acrobacias ahora podía usarla.
Unos instantes después, su pico comenzó a tocar el agua.
Entonces las alas también comenzaron a inclinarse.
El cisne se giró y preguntó con una sonrisa:
«¡Señor Cuervo! ¿Qué vuelo es este?»
El cuervo jadeó:
“Esto… este no es mi vuelo número ciento dos…”
“¡Esta es mi ruina!”
Ahora tenía lágrimas en los ojos.
Su orgullo se había quebrado.
Lloró y dijo:
“Solía mentir… Solo sé volar con normalidad.”
“Sálvenme… o me ahogaré.”
El viejo cisne miró al cielo y suspiró.
“El ego ciega al hombre… y el orgullo ciega al pájaro.”
Entonces se compadeció del cuervo y lo posó sobre su lomo.
El cuervo guardó silencio.
El mismo cuervo que se había autoproclamado rey de los pájaros hacía unas horas, ahora estaba sentado con la cabeza gacha.
Al llegar a la orilla, el cuervo aterrizó en el suelo, permaneció en silencio un rato y luego dijo:
“Hoy, por primera vez, comprendí que hacer ruido y ser capaz son dos cosas distintas.”
El viejo cisne sonrió y dijo:
«¡Hijo! Los barcos vacíos siempre hacen más ruido».
Después de ese día, nadie volvió a oír a aquel cuervo alabarse.
Porque había aprendido a reconocer su realidad, no la de su época.
Lección:
En la vida, el éxito pasajero, la riqueza o la fama pueden volver arrogante a una persona, pero la verdadera prueba está en el largo camino.
El espectáculo puede impresionar por unos instantes, pero cruzar el océano de las dificultades requiere habilidad, paciencia y experiencia.
Recuerda:
«A quienes se alaban a sí mismos, la vida a menudo les enseña a guardar silencio».
Frase final:
«Cuando llegas al medio del océano, descubres si lo importante eran las acrobacias o la capacidad de volar sin parar».
