Érase una vez una serpiente que perseguía a una luciérnaga que volaba bajo sobre la hierba.
Al cabo de un rato, la cansada luciérnaga se detuvo y le dijo a la serpiente:
“¿Puedo hacerte tres preguntas?”
La serpiente respondió: “Sí, puedes”.
La luciérnaga hizo la primera pregunta:
“¿Formo parte de tu dieta (es decir, me comes)?”
La serpiente respondió: “No”.
La luciérnaga hizo la segunda pregunta:
“¿Te he hecho daño alguna vez?”
La serpiente respondió: “No”.
La luciérnaga hizo la tercera pregunta:
“Entonces, ¿por qué quieres comerme?”
La serpiente respondió sin dudarlo:
“Porque no soporto tu luz”.
La moraleja de la historia:
A veces, tu luz —tu felicidad, tu paz, tu éxito o tu belleza natural— puede irritar a los demás. No porque hayas hecho algo malo, sino simplemente porque brillas. Y esa luz puede provocar reacciones tóxicas en ciertas personas.
Hay quienes no soportan la felicidad ajena. Algunos desearían tener lo que tú tienes. Otros, en cambio, desearían que no tuvieras nada.
Por eso, a veces es mejor celebrar tu felicidad en silencio. La verdadera felicidad no necesita aplausos. Y la verdadera envidia no necesita razón: tu sola existencia y tu brillo son suficientes para los envidiosos.
Cuidado con quienes quieren ser como tú…
Y con quienes quieren borrarte de la existencia.
