Cerca de un pequeño pueblo había un estanque tranquilo, habitado por muchas ranas. Solían pasar el tiempo escondidas plácidamente en el lodo blando de la orilla.
Un día, una serpiente hambrienta llegó al lugar. Tenía a las ranas en el estanque como presa. Se acercó astutamente a una rana y le dijo con voz suave:
“¡Hermano rana! No temas, no soy tu enemigo. Quiero llevarte a un lugar más seguro y mejor que este estanque”.
La rana no le creyó del todo a la serpiente, pero empezó a pensar que tal vez decía la verdad. Se movió con cautela hacia la orilla.
Pero en cuanto se acercó, la serpiente saltó y la atrapó.
Aunque la rana era débil, no era tonta. Inmediatamente aprovechó su ventaja natural. Con su piel áspera y resbaladiza y sus rápidos movimientos, dio un fuerte tirón y escapó de las garras de la serpiente.
Al instante siguiente, saltó al estanque y desapareció en las profundidades, mientras la serpiente lo observaba con pesar.
Tras llegar al agua a salvo, la rana pensó:
«Si no hubiera usado mi inteligencia y mis habilidades naturales, tal vez no habría sobrevivido hoy».
Este incidente también le enseñó a la serpiente que la fuerza por sí sola no garantiza el éxito, sino que la inteligencia y una estrategia acertada también son necesarias.
Moraleja:
La inteligencia y el uso adecuado de las habilidades naturales pueden salvar a una persona de grandes problemas.
No todas las palabras dulces ni todas las promesas bonitas son ciertas, por lo que cada paso debe darse con cautela.
Ser débil o pequeño no significa ser indefenso; se pueden afrontar grandes peligros con inteligencia y sabiduría.
En la vida, la inteligencia, la prudencia y la confianza en las capacidades que Dios Todopoderoso nos ha dado son las mayores fortalezas de una persona.
