En busca de trabajo y para saciar su hambre, una mendiga pobre y miserable solía sentarse en una concurrida intersección de la ciudad. Aunque vestía ropas sucias y desgastadas, y su rostro curtido por el sol y el polvo, la naturaleza la había dotado de tal belleza y encanto que dejaba atónitos a quienes la veían. Extendía sus manos en los mercados y callejones para alimentarse. Un día, por casualidad, un glorioso rey de un país pasó por ese mismo camino con su carroza real y un gran ejército. Cuando llegó la caravana real, la gente se agolpaba a ambos lados del camino. La mirada del rey se posó de repente en aquella mendiga pobre y andrajosa. Aunque su ropa estaba sucia, su belleza natural y su sofisticación eran tan evidentes que no pudieron pasar desapercibidas para la mirada penetrante del rey. A primera vista, quedó prendado de aquella hermosa…