Durante la sequía, cuando todo el bosque se moría de hambre, un ratón salvaje encontró una extraña cabaña a las afueras del pueblo. Detrás de esta cabaña había una pequeña puerta escondida entre las hojas. Cada noche, al salir la luna, la puerta se abría sola y salían los fragantes aromas a ñame, aceite de palma y maíz tostado.
El ratón salvaje observaba con mucha atención. Una tarde, cuando no había nadie, entró por la puerta. Dentro había un almacén que se rellenaba automáticamente por la mañana. Comió hasta saciarse, se llenó las mejillas de comida y se fue antes de que saliera el sol. Estuvo allí solo y en silencio toda la noche.
Pero la codicia venció a su cautela.
Una noche, el ratón salvaje también invitó al lagarto y a la ardilla. Les advirtió: «No digan nada, tomen solo lo que puedan cargar». Accedieron. Al entrar, la ardilla se rió de la magia. El lagarto empezó a tocarlo todo. Este ruido enfureció al espíritu de la casa. De repente, la puerta se cerró de golpe. Era de mañana, pero la puerta no se abría.
Los aldeanos oyeron arañazos y llantos desde dentro. Cuando derribaron la cabaña, el ratón salvaje temblaba de miedo, el lagarto guardaba silencio y la ardilla, avergonzada. El granero estaba vacío y la puerta secreta desapareció para siempre.
Desde ese día, el ratón salvaje se arrepintió de sus secretos. Comprendió demasiado tarde que algunas puertas solo se abren a los disciplinados y se cierran para siempre a los codiciosos.
Moraleja (consecuencias):
La comodidad obtenida sin restricciones se convierte en una trampa.
Los secretos dan fruto a la paciencia, no al ruido.
La codicia convierte la oportunidad en pérdida.
