Había llegado un tiempo maravilloso. Los pozos rebosaban, los ríos murmuraban, los mares se mecían con sus olas, pero la tristeza se había apoderado de los ojos del agua. Buscaba aquel corazón donde antaño reinaba la claridad; aquella alma donde antaño fluía el lago de la pureza.
El hombre había saciado su sed, pero había secado las fuentes de su existencia. El polvo de la codicia había cerrado las ventanas de la conciencia, y los vientos ardientes del egoísmo habían robado la humedad de los sentimientos.
El agua se sorprendió de que la criatura a la que había venido a dar vida hubiera olvidado el sentido de la vida. Al mirar en el interior del hombre, encontró desiertos de deseos, espinas de celos, y las fuentes del amor se habían secado.
Entonces el agua suspiró y dijo:
«No me atormenta la sed de la tierra, ni me asusta la aridez del cielo. Mi verdadera sed es por aquel corazón que antaño fue más vasto que el océano y más puro que un manantial».
Y resultó que la mayor sed de agua era la humanidad moribunda dentro del hombre.
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