Ni en la cima de una montaña, ni en una cueva desierta, ni en el fragor de un milagro.
Había encontrado a Dios en un momento de profunda desesperación.
Cuando todas las puertas del mundo estaban cerradas, cuando la llama de la última luz de esperanza temblaba, cuando las lágrimas brotaron de sus labios como plegarias y el corazón confesó su impotencia por primera vez.
Esa noche sintió como si todos los silencios del universo se hubieran fundido en una sola respuesta. Una luz descendió en su corazón, una paz despertó, una certeza nació.
Se postró y lloró.
Después de mucho tiempo, sintió que no estaba solo.
Entonces los días comenzaron a cambiar.
Los problemas se hicieron más fáciles, las oraciones comenzaron a ser escuchadas, las puertas del sustento se abrieron y el resplandor regresó a su rostro. La vida comenzó a desplegar sus colores nuevamente.
Y fue aquí donde la historia cambió de rumbo.
El ser al que solía invocar en la oscuridad, su voz comenzó a desvanecerse en la luz. Las postraciones se acortaron, las palabras de gratitud disminuyeron y el brillo del mundo ocultó las ventanas de su corazón.
Estaba muy ocupado.
Tan ocupado que no tenía tiempo para recordar a Aquel que lo había cuidado.
Una noche se miró al espejo. Los éxitos lo rodeaban, las comodidades estaban a sus pies, pero sentía una extraña desolación en el corazón.
Entonces una voz surgió de su interior:
«Cuando estabas roto, estabas cerca de mí. Ahora que te has vuelto hermoso, has empezado a considerarte suficiente».
Tembló.
Recordó que una vez había conocido a Dios.
Pero luego, en el bullicio de la vida, en la multitud de bendiciones, en el círculo de deseos…
lo olvidó.
Y en ese momento comprendió el secreto de que Dios no se pierde, solo se olvida.
Y la mayor privación del hombre no es no encontrar a Dios;
más bien, es encontrarlo y luego olvidarse de recordarlo.
