rata ciega

rata ciega

Un ratón vivía entre las oscuras paredes de un viejo granero. Era ciego de nacimiento. Los colores del mundo, el brillo de la luz y el juego de sombras eran solo cuentos para él. Pero la naturaleza había compensado en cierta medida su falta de visión; tenía un oído excepcionalmente agudo y podía sentir hasta el más mínimo movimiento del viento.

Los otros ratones a menudo se reunían a su alrededor y le preguntaban sorprendidos:
“¿No le tienes miedo al gato? ¡Ni siquiera puedes verlo!”.

El ratón ciego sonrió con seguridad y dijo:
“No puedo verlo, pero lo reconozco. Cuando el gato se acerca, sus pasos cambian la velocidad del aire. Se crea una vibración en el silencio de las paredes. Entiendo el lenguaje del aire”.

Al oír esto, los otros ratones se sintieron satisfechos. Poco a poco, el ratón ciego también empezó a enorgullecerse de su habilidad. Se convenció de que ningún gato podría engañarlo.

Pero el tiempo siempre trae una nueva prueba.

Una tarde, un profundo silencio se apoderó del granero. El sol se había puesto y la oscuridad dormía, apoyando su cabeza sobre los muros. En ese instante, un gato entró.

No era un gato común.

Sus pasos eran suaves como el algodón, su respiración lenta y sus movimientos tan silenciosos como una sombra que se desliza por el suelo. Era tan ligero que su llegada ni siquiera levantó una ráfaga de aire.

El ratón ciego permanecía sentado, como siempre, esperando las señales del viento.

Pero el viento estaba en silencio.

No sentía ningún peligro.

Al instante siguiente, el gato se abalanzó como un rayo y fue atrapado entre sus garras.

Los últimos suspiros de vida comenzaron a romperse en su pecho. Los demás ratones se escondieron en sus madrigueras, aterrorizados. El ratón ciego dijo con voz ronca:
“Creía conocer al gato. Solía confiar en el viento… Pero hoy descubrí que hay gatos que vienen sin llevarse el viento consigo”.

Al decir esto, su voz se perdió en el silencio.
Y las oscuras paredes del granero aprendieron una profunda lección aquel día: quien cree que su debilidad es su fortaleza suele ser víctima del mayor engaño. Porque el enemigo no siempre toma el camino que uno espera; a veces resulta ser más astuto que el conocimiento, la experiencia y la confianza.

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