Temprano por la mañana, un gran barco de madera zarpó para cruzar un ancho río. Transportaba comerciantes, campesinos, niños y ancianos, todos con la esperanza de que el viaje los llevara a una tierra próspera.
Pero había un problema.
En lugar de un capitán al timón, varios hombres se agolpaban alrededor del timón, cada uno con un magnífico sombrero de capitán.
«¡Yo sé el camino!», gritó el primer capitán, girando bruscamente el timón hacia la izquierda.
«¡Te equivocas!», replicó el segundo, girándolo hacia la derecha.
Un tercer capitán agarró el timón e intentó enderezarlo. «¡No, no! ¡El río gira hacia aquí!».
Pronto, se unieron más capitanes. Cada uno gritaba más fuerte que el anterior. Cada uno empujaba y tiraba del timón en su propia dirección. Nadie estaba dispuesto a escuchar a los demás.
Bajo cubierta, los pasajeros comenzaron a sentir el caos.
El barco se balanceaba violentamente. Los bidones de carga rodaban de un lado a otro. El agua entraba a raudales por los costados del barco. Las madres abrazaban a sus hijos contra el pecho, mientras los comerciantes luchaban por conservar sus mercancías.
Una anciana gritó: «¿Quién dirige el barco?».
Alguien respondió: «¡Nadie lo sabe!».
Los capitanes estaban tan enfrascados en una discusión que no se percataron de la tormenta que se acercaba. Estaban demasiado absortos en la lucha por el poder como para ponerse de acuerdo en un rumbo común.
El barco comenzó a girar.
La corriente del río se hacía más fuerte. Las olas rompían contra los costados del barco. Pero los capitanes seguían discutiendo.
Finalmente, un niño entre los pasajeros gritó río arriba:
«Si todos ustedes son capitanes, ¿quién nos indica el camino?».
Los capitanes guardaron silencio por un instante, pero nadie soltó el timón.
Y el barco, aún confuso y sin rumbo, siguió a la deriva, mientras los pasajeros, asustados, esperaban que alguien los guiara.
Moraleja
Ninguna nación, institución o sociedad puede avanzar mientras sus líderes estén sumidos en el conflicto y la hostilidad. Cuando los líderes luchan por el poder en lugar de colaborar, el progreso se estanca y la gente común sufre las consecuencias.
El verdadero liderazgo requiere unidad de propósito, humildad y espíritu de colaboración por el bien común. Sin una dirección clara y una acción coordinada, incluso el barco más fuerte puede perder el rumbo.
