Un día, un hijo le preguntó a un anciano sabio:
“¿Cómo sabes cuánto te ama tu padre?”
El sabio sonrió y condujo al niño en silencio hasta un arroyo.
Ambos se sentaron junto al arroyo durante un largo rato, observando en silencio el agua que fluía frente a ellos.
El sabio preguntó: “¿Qué ves?”
El niño respondió: “Un arroyo”.
“¿Y estás contemplando cada gota de agua que fluye por él?”
El niño dijo: “No”.
“Pero sin esas gotas, no puede haber arroyo”.
El niño guardó silencio.
Entonces el sabio dijo:
“El amor de un padre suele ser como ese río. No siempre se expresa con una voz fuerte. No siempre se expresa con palabras amables o abrazos. A menudo, se esconde en las pequeñas cosas que apenas notamos”.
“Su madrugón para ir a trabajar, aunque esté cansado. Sus manos duras y ásperas. Su preocupación silenciosa cuando llegas tarde a casa. Los sueños que sacrifica para que sus hijos tengan todo lo que necesitan.”
“Cuando somos pequeños, solemos pensar que nuestros padres están ahí solo para nosotros. Pero al crecer, empezamos a comprender que detrás de nuestra infancia tranquila se escondían sus noches de insomnio, sus preocupaciones y cientos de sacrificios que nunca vimos.”
Entonces el niño miró el río con otros ojos.
Porque por fin comprendió:
El amor más profundo no es del que más se habla.
A veces es el amor que fluye silenciosamente con nosotros a lo largo de nuestras vidas y nos impulsa hacia adelante, de maneras que solo comprendemos mucho después.
Valora a tu padre mientras tengas la oportunidad.
Y si tienes la oportunidad, dile esas sencillas palabras que tienen un significado más profundo del que creemos:
