Fue hace mucho tiempo. Un hombre pobre que vivía en una zona calurosa y arenosa solía oír historias sobre la generosidad de su rey. Un pensamiento cruzó por su mente:
“Si también le llevo un regalo al rey, tal vez me lo agradezca”.
Pero la pregunta era: ¿qué regalo debería llevar?
El agua era muy valiosa en esa región. No había ríos ni pozos en muchos kilómetros a la redonda. El agua que se acumulaba en los estanques después de la lluvia era la única fuente de sustento para la gente.
El hombre pobre pensó: “Le llevaré una jarra de agua al rey. ¿Qué regalo podría ser más valioso en mi tierra?”.
Llenó una jarra con agua limpia y viajó durante varios días hasta llegar a la ciudad del rey.
Al llegar, vio una escena extraña. El rey estaba de pie a la orilla del río y estaba a punto de partir en un paseo en barco.
Cuando el hombre pobre vio el vasto río extendiéndose ante él, se detuvo.
Miró su cántaro y pensó:
«¡Qué ignorante soy! Aquí no falta agua. ¿Por qué necesita el rey este cántaro mío?»
Bajó la cabeza avergonzado y se puso de pie.
La mirada del rey se posó en él. Lo llamó y le preguntó suavemente:
«¿De dónde vienes y por qué llevas este cántaro?»
El pobre hombre respondió cortésmente:
«¡Majestad! Le he traído este cántaro de agua como obsequio. El agua es muy valiosa en nuestra región. He viajado durante muchos días para traerla. Pero al llegar aquí y ver el río, sentí que mi regalo era muy modesto.»
El rey sonrió. Le gustó más la intención del pobre hombre que sus palabras.
Inmediatamente ordenó al tesorero:
«Vierte el agua de este cántaro en el río y llénalo con monedas de oro.»
El pobre hombre miró al rey sorprendido.
El rey dijo:
«No me has dado agua, sino tu amor y sinceridad. Quien aprecia no se fija en el precio de un regalo, sino en la intención de quien lo da».
Lágrimas de alegría brotaron de los ojos del pobre hombre.
Lección:
Incluso un pequeño gesto realizado con buenas intenciones es muy valioso, porque el verdadero valor no reside en la cosa, sino en la intención.
